
El hoyo 11 del Club de Campo Villa de Madrid marcó el destino de la tercera vuelta de Jon Rahm en el Open de España presented by Madrid. El par 3 más temido del recorrido se ensañó con el de Barrika justo cuando firmaba su mejor tramo del día.
Venía absolutamente lanzado, con tres birdies consecutivos en el 6, 7 y 8, la grada entregada y una marea de aficionados que abarrotó el Club de Campo en una jornada histórica de público. A solo dos golpes de los líderes, con más de diez jugadores en un margen mínimo, el escenario era perfecto. Pero todo se torció en segundos: dos swings desafinados cambiaron el guion. El hierro de Rahm no abrió como acostumbra, la bola acabó en el bunker y, en el intento de arriesgar más de la cuenta, se enredó en el rough. Doble bogey, frustración y la sensación de que el torneo se escapaba entre los dedos.
Una vez más, Rahm demostró que su compromiso con el golf español, con el público y con este torneo es inmenso. Su rostro reflejaba una mezcla de rabia y decepción, la misma que se le ve en los majors cuando las cosas no salen. Su obsesión por ganar es inagotable; por hacerlo en Madrid, infinita.
Del 11 salió tocado, y los siguientes hoyos fueron la prueba de que el golf, como tantas otras cosas, es un estado de ánimo. Hierros desajustados (14), wedges desde 60 metros que no encuentran el green (15) y putts que se quedan colgando del hoyo (17). Pero como Rahm es un competidor feroz, resistió donde otros se habrían derrumbado. Cerró al par del campo, para un -4
total que sabe a muy poco.
Hay días en los que no juegas tan mal y firmas demasiadas (+1 del jueves), días en los que rozas la perfección y aún así tiras de más (-5 del viernes), y días como hoy, donde un solo swing puede dinamitar un torneo. El golf, en su crudeza, no perdona. Es un deporte que te destruye mentalmente como ningún otro.
Por eso las hazañas de Jon Rahm en Madrid valen el doble en semanas como esta. Lo que ha hecho aquí desde 2018 está reservado para los elegidos. Mañana saldrá del tee del 1 con una distancia con los líderes prácticamente inalcanzable, pero si durante la vuelta encuentra el más mínimo resquicio, irá a por él sin dudarlo. Esa es la diferencia entre el que quiere ganar y el que vive obsesionado con ganar.






